Telerruptor, interruptor horario o detector de presencia: cuál necesitas para automatizar las luces
Escaleras, garajes, rótulos y almacenes: te explicamos qué hace cada dispositivo, en qué se diferencian y por qué muchos fallan a los pocos meses al cambiar a LED.
Hay sitios donde un interruptor normal no sirve: la escalera de una comunidad, el garaje comunitario, el pasillo de un almacén, el rótulo de una tienda, la luz de la fachada. En todos ellos el problema no es encender, es apagar — o mejor dicho, que alguien se acuerde de apagar. Y de ahí nacen las tres familias de dispositivos que se montan en el cuadro para resolverlo: el telerruptor, el interruptor horario y los detectores.
Se confunden mucho entre sí, y la confusión sale cara de dos formas. La primera, eligiendo el aparato equivocado para el uso: un detector de movimiento donde hacía falta uno de presencia deja a la gente a oscuras a media tarea. La segunda, y esta es la que más averías genera desde que todo el alumbrado es LED, dimensionando mal la carga: el aparato funciona perfectamente unos meses y luego se queda pegado.
Vamos por partes.
El telerruptor: muchos pulsadores, una sola luz
El telerruptor —también llamado relé de impulsos o relé biestable— es un contacto que cambia de estado cada vez que recibe un impulso. Le llega un pulso, enciende. Le llega otro, apaga. No le importa de dónde venga ese pulso.
Esa es toda su gracia, y es más grande de lo que parece. Con interruptores convencionales, controlar una misma lámpara desde tres o cuatro puntos obliga a montar un conmutado con cruzamientos, y el cableado se complica de forma desproporcionada en cuanto pasas de dos puntos. Con un telerruptor, todos los pulsadores van simplemente en paralelo: añadir un punto de encendido más es tirar dos hilos hasta el pulsador nuevo y empalmarlos con los que ya están. En un pasillo largo, en una escalera de cuatro plantas o en un dormitorio donde quieres apagar desde la cama y desde la puerta, es la diferencia entre una instalación limpia y un nido de cables.
Un matiz que conviene entender: el telerruptor no es lo mismo que el minutero de escalera, aunque compartan carril y aspecto. El minutero (o automático de escalera) enciende al recibir el impulso y apaga solo al cabo de un tiempo ajustable, normalmente entre uno y siete minutos. El telerruptor no apaga nunca por su cuenta. Uno está pensado para que la luz se quede encendida hasta que alguien decida lo contrario; el otro, para que nadie tenga que decidirlo.
Tampoco es un contactor. El contactor está diseñado para maniobrar cargas grandes y hace ruido al conmutar; el telerruptor es más silencioso y está pensado específicamente para alumbrado. Cuando la carga es grande de verdad, la solución profesional no es elegir entre uno u otro, sino combinarlos: el telerruptor o el detector dan la orden, y un contactor dimensionado hace el trabajo sucio.
El interruptor horario y el reloj astronómico: encender por reloj
Cuando lo que manda es la hora y no la presencia de nadie, el aparato es un interruptor horario. Hay tres enfoques y cada uno tiene su punto flaco.
El horario analógico es el disco con pestañas que todos hemos visto en cuadros antiguos. Barato y robusto, con dos limitaciones: la resolución es de 15 o 30 minutos, y si se va la luz y no tiene reserva de marcha, se desfasa y hay que volver a ponerlo en hora.
El horario digital permite programar varios encendidos y apagados por día, distinguir días de la semana y guardar la programación ante un corte. Es lo razonable para un rótulo, un escaparate o la iluminación de una cartelera.
El reloj astronómico es el que resuelve el problema real del alumbrado exterior: calcula el amanecer y el atardecer para tu latitud y la fecha, y va corriendo el horario solo a lo largo del año. No hay que reprogramarlo cada mes ni depende de ninguna óptica que se pueda ensuciar.
Su alternativa clásica es el interruptor crepuscular o célula fotoeléctrica, que no mira el reloj sino la luz ambiente real. Tiene la ventaja de reaccionar a un día de tormenta, y dos defectos conocidos: se ensucia, y si se coloca mal —apuntando a la propia luminaria que gobierna, o a un escaparate vecino— entra en un ciclo absurdo de encender y apagar cada pocos segundos. La combinación que mejor funciona en fachadas y patios es crepuscular para encender al oscurecer y horario para apagar a una hora fija, en lugar de tener la luz dada hasta el amanecer. Si el alumbrado es exterior, además conviene repasar lo que pide la ITC-BT-09 en cuanto a protecciones y puesta a tierra, porque ahí las condiciones no son las de un interior.
Movimiento y presencia no son lo mismo
Aquí está la confusión más habitual, y la que provoca más quejas de usuarios.
Un detector de movimiento convencional es un sensor infrarrojo pasivo (PIR): no emite nada, solo nota cambios de radiación infrarroja al cruzar un cuerpo caliente por delante de sus zonas de detección. Eso implica que detecta muy bien el movimiento transversal —alguien que pasa por un pasillo— y bastante peor el movimiento frontal y, sobre todo, la quietud. Quien se queda leyendo, cocinando de pie o trabajando en una mesa deja de ser un cambio para el sensor, y la luz se apaga.
Un detector de presencia parte de la misma tecnología, pero con una óptica de muchas más zonas y mayor sensibilidad, pensada precisamente para seguir viendo movimientos pequeños. Suele incorporar además un sensor de luminosidad que inhibe el encendido cuando ya entra suficiente luz natural, y ahí es donde está el ahorro de verdad en oficinas y aulas: no tanto en apagar cuando no hay nadie, sino en no encender de más a mediodía.
Existen también detectores de microondas o alta frecuencia, que sí emiten señal y detectan a través de tabiques delgados y puertas de madera. Esa capacidad es una ventaja en un aseo con cabinas y un problema en un despacho, porque se disparan con la gente del pasillo. Cuando importa no fallar en ningún sentido se usan detectores de tecnología dual, que exigen confirmación de ambos principios antes de encender.
Dos límites físicos que hay que tener presentes con cualquier PIR: no detecta a través de un cristal, porque el vidrio bloquea el infrarrojo, y le afectan las fuentes de calor en movimiento. Un split de aire acondicionado soplando hacia el sensor, un radiador o el sol directo dando sobre su ventana producen encendidos fantasma que luego nadie sabe explicar.
Por qué tantos de estos aparatos se averían tras pasar a LED
Este es el apartado que más dinero ahorra, así que merece detenerse.
El problema de la corriente residual. Muchos detectores y crepusculares son de dos hilos: se intercalan en la línea como un interruptor y se alimentan haciendo pasar una corriente mínima a través de la propia lámpara. Con incandescentes eso era invisible. Con un driver LED, que consume poquísimo y tiene condensadores a la entrada, esa corriente basta para que la luminaria se quede con un brillo débil permanente o dé destellos cada cierto tiempo. Se resuelve de tres maneras: montando un modelo de tres hilos, con neutro propio; instalando un filtro o condensador de bypass en paralelo con la lámpara; o aumentando la carga. Es el mismo mecanismo que provoca parpadeos al regular LED con dimmers antiguos.
El problema de la carga máxima, que es el grave. Un telerruptor o un minutero pueden declarar una capacidad amplia en carga resistiva y admitir, en cambio, una fracción de esa potencia en LED. No es un error de fabricación: los drivers LED tienen un pico de corriente en el arranque muy superior a su consumo nominal, y ese pico es el que castiga los contactos del relé hasta soldarlos. Por eso los fabricantes publican una cifra distinta y mucho más baja para carga LED, a veces expresada directamente en microfaradios de carga capacitiva. El cuadro típico: una comunidad cambia los fluorescentes de la escalera por LED, conserva el minutero de siempre, todo va de maravilla y a los pocos meses el relé se queda pegado con la luz permanentemente encendida. La instalación no ha empeorado: es que el aparato está trabajando por encima de lo que admite. Este comportamiento en el arranque es el mismo que explica lo que la ITC-BT-44 dice sobre los receptores de alumbrado, y es también la razón por la que sustituir fluorescentes por LED en un local no es solo cambiar tubos.
La solución correcta cuando la carga es alta ya la hemos apuntado: que el detector o el minutero no maniobren las luminarias directamente, sino la bobina de un contactor que sí esté dimensionado para el pico. Es un módulo más en el cuadro y deja de haber averías.
Qué elegir según el sitio
- Escalera de comunidad: minutero de escalera con pulsadores, o detectores de presencia por planta si se quiere que nadie toque nada. En edificios de uso no residencial, el CTE ya exige sistemas de detección de presencia o temporización en las zonas de uso esporádico.
- Garaje comunitario: detectores de presencia, habitualmente con nivel reducido permanente y subida al detectar paso.
- Fachada, patio o rótulo: reloj astronómico, o crepuscular para encender y horario para apagar.
- Pasillos y almacenes: presencia con sensor de luminosidad, para que no encienda si entra luz de los lucernarios.
- Aseos: presencia con retardo generoso; con movimiento a secas, la luz se cae a mitad.
- Oficinas y aulas: presencia con control de luz natural. Aquí también importa haber elegido bien temperatura de color e índice de reproducción cromática, porque la automatización no arregla una luz mal escogida.
- Pasillo largo o dormitorio con varios puntos: telerruptor.
Un último detalle práctico: todos estos aparatos ocupan sitio en el cuadro. Un minutero son uno o dos módulos, un horario digital suele ser dos, y si hay que añadir contactor van otros dos. Antes de decidir nada conviene mirar cuántos módulos libres queda de reserva, porque es muy habitual que el trabajo acabe siendo ampliar el cuadro y no solo montar el automatismo.
Errores que vemos repetirse
Poner varios detectores en paralelo sobre la misma línea sin que sean modelos preparados para trabajar en maestro-esclavo: se interfieren y el comportamiento se vuelve errático. Colocar el sensor a una altura que no corresponde a su óptica, o esperando que cubra una zona que no ve. Reutilizar un crepuscular viejo con LED sin comprobar carga mínima ni máxima. Y el más común de todos: sustituir un aparato averiado por otro idéntico sin preguntarse por qué se averió el primero.
Preguntas frecuentes
¿Puedo cambiar el minutero de la escalera por detectores de presencia sin rehacer el cableado?
A veces sí y a veces no, y depende de un detalle: si en las cajas de los pulsadores hay neutro disponible. Los detectores de tres hilos necesitan alimentación permanente con fase y neutro en el propio punto, mientras que el cableado de pulsadores de un minutero clásico muchas veces solo lleva un hilo de mando. Si hay neutro, se reaprovecha casi todo. Si no lo hay, o se tira un hilo más por la canalización existente, o se recurre a detectores de dos hilos asumiendo sus limitaciones de carga.
La luz se queda encendida con un brillo muy débil desde que puse el detector. ¿Está mal el detector?
Casi con seguridad no. Es el efecto de la corriente residual que necesita un detector de dos hilos para alimentarse, pasando por el propio driver de la luminaria. El LED consume tan poco que esa corriente mínima ya le da para iluminar un poco. Se corrige con un modelo de tres hilos, con un condensador de bypass en paralelo con la lámpara, o aumentando la carga del circuito. No es un defecto del aparato, es una incompatibilidad entre su forma de alimentarse y la electrónica del LED.
¿Cuántos puntos de luz aguanta un telerruptor?
La pregunta correcta no es cuántos puntos, sino cuánta carga capacitiva. El límite lo marca lo que el fabricante declare específicamente para LED, que es bastante inferior a la capacidad en carga resistiva que suele figurar en grande. Con luminarias LED el número de puntos puede quedarse corto antes de lo que uno espera. Si la instalación se acerca a ese límite, la solución es que el telerruptor mande un contactor dimensionado en lugar de alimentar las luminarias directamente.
¿Un detector de presencia ahorra de verdad o es marketing?
Ahorra de forma medible en zonas de uso esporádico: escaleras, aseos, almacenes, garajes, archivos. Son sitios donde la luz se queda encendida horas sin nadie dentro, y esas horas se dejan de pagar sin que nadie cambie de hábitos. En una sala ocupada todo el día, en cambio, el ahorro por presencia es casi nulo y lo que aporta valor es la otra función del aparato: el sensor de luminosidad, que evita encender o mantener a tope el alumbrado cuando la luz natural ya cubre el nivel necesario.
En resumen
Los tres dispositivos resuelven problemas distintos y no son intercambiables: el telerruptor simplifica el cableado cuando hay muchos puntos de mando, el horario y el astronómico gobiernan por reloj lo que no depende de nadie, y los detectores actúan según lo que ocurre en la sala. Elegir entre movimiento y presencia no es una cuestión de gama, es una cuestión de si la gente se mueve o está quieta.
Y el punto que conviene no pasar por alto: desde que el alumbrado es LED, la carga máxima declarada para LED manda sobre cualquier otra cifra del aparato. Es la causa de la mayoría de automatismos que se quedan pegados a los pocos meses en escaleras y garajes recién reformados.
Si estás valorando automatizar el alumbrado de una comunidad, un local o un almacén, te lo planteamos completo: qué dispositivo toca en cada zona, si la carga exige contactor y si el cuadro tiene sitio. Lo puedes ver junto a la instalación de iluminación LED o, si la reforma implica tocar protecciones, dentro del trabajo de cuadro eléctrico. Presupuesto cerrado por escrito antes de empezar y garantía de seis meses.
Publicado por
Equipo electrico24